jueves, 10 de marzo de 2011

tarea"rebelion de los jazmines"


El jazmín blanco es la flor nacional de Túnez, simboliza la pureza y tolerancia de su pueblo. También es el nombre que tomó la seguidilla de hechos insurreccionales contra el gobierno autocrático llamada “Revolución de los jazmines”. La rebelión culminó el 14 de enero pasado con la caída del régimen después de 23 años de ferreo dominio. Pero cuándo se supo que Zine El Abidine Ben Ali abandonó el país con rumbo a Arabia Saudita, en las ciudades y pueblos repartidos a los pies de los montes Atlas salieron las personas a la calle a celebrar; sus vecinos a orillas del río Nilo los imitaron. Frente a la embajada de Túnez en El Cairo los jóvenes se concentraron para saludar la revuelta bajo la consigna: “¡Ben Ali, pasa a recoger a Murabak [presidente de Egipto] para llevártelo al exilio!”. No fue la única ciudad árabe dónde hubo manifestaciones de apoyo, más o menos permitidas. Se repiten a estas horas en Amman, Nazareth, Beyruth, Marsella, París, Quebec y Rabat.
Lo cierto es que la calle árabe sigue con entusiasmo los sucesos de Tunicia, no así los liderazgos gubernamentales que los observan con cautela, por ejemplo Egipto y Qatar, han sacado comunicados oficiales tardíos e insípidos, el resto de los Gobiernos árabes guardan silencio. Marruecos a prohibido las manifestaciones públicas de apoyo. Por su parte, los analistas se preguntan sobre el derrotero de los acontecimientos futuros; y por otro los tomadores de decisión política a lo largo del Magreb y Medio Oriente anotan las consecuencias  de gobernar sobre ciudadanos con grados crecientes de bienestar social y educación pero al mismo tiempo con altos grados de desequilibrio social, niveles excesivos de corrupción y militarización,  y vicios políticos impresentables.
¿Cuál será el curso de la Intifada de Sidi Bousaid?, como también se le conoce al movimiento, por la ciudad aledaña a las ruinas de Cartago y famosa por sus gatos y jazmines, dónde, el 17 de diciembre de 2010 el joven diplomado informático Mohamed Bouazizi se quemó a lo bonzo para protestar por la acción de la policía que confiscó su puesto callejero de venta de frutas, única fuente de ingresos. Hasta el momento, el consenso generalizado es que se trata de un triunfo claro de los postulados de la democracia, la civilidad y la movilización popular contra un régimen autocrático. Los gobiernos europeos occidentales, antes sostenedores del régimen de Ben Ali, han declarado su complacencia con los acontecimientos. Pero nadie tiene certeza si la incorporación de otros sectores sociales, hasta el momento marginados, como los grupos islamistas más radicales pueden derivar el curso de los acontecimientos tunecinos hacia formulas no deseadas por el activismo tunecino no violento o los defensores de la democracia secular. En efecto, los actos de suicidio a lo bonzo como protesta se han repetido en el Mabreb, dando legitimidad y tribuna a formulas radicales de activismo político. De igual modo, la prensa destaca las declaraciones de Rached Ghannouchi, líder del prohibido partido islamista Ennahdha (Partido del Renacimiento), actualmente exiliado en Londres, que ya prepara su regreso buscando imitar el retorno de Jomeini a Teherán en 1979.
Por otra parte, los medios sociales de internet abundan con comentarios sobre la posibilidad que la formula tunecina se expanda a Egipto, la nación de los “80 millones de sentimientos” como dice la canción de popular cantante Haifa Webhe (y una de mis cantantes favoritas). Si así fuera, el curso de la historia árabe tomará un rumbo ciertamente, revolucionario.

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